Documento de apertura del Encuentro Nacional Por La Tierra y La Vivienda

la tierra y la vivienda

Compañeras y compañeros,

Somos la tierra, somos los nadie, las nunca, los y las de abajo. Los del rancho de chapa, de la toma, las ilegales, quienes a lo largo de la historia construimos las casas de otros. Los que no podemos ir al centro, las que entramos por atrás. Somos del agua, de las montañas y los valles. Quienes alquilamos sin poder alquilar, los que sembramos sin poder cosechar.

Desde hace siglos los poderosos nos separan de nuestra tierra y de los nuestros, quitándonos la posibilidad de tener un suelo firme donde crecer. Se apropian de los espacios de vida que durante generaciones construimos, se apropian de las riquezas que nuestras manos construyen y las que bajo nuestros pies se esconden. Nos condenan a no tener lugar, a no tener trabajo, a no tener historia, a no tener dignidad.

Desde que las tierras de los pueblos originarios fueron robadas por el conquistador y sus comunidades fueron sometidas, la tierra que a nadie pertenecía por derecho alguno, la tierra de los árboles y los animales, la de nuestros cultivos y nuestras casas, esa tierra fue alambrada, dividida, separada de quienes la trabajábamos y habitábamos.

Desde entonces, la dominación de los de arriba en Nuestra América se sostiene sobre la base de separarnos a los y las de abajo de la tierra.

A ellos, los de arriba, no les bastó con el robo primero de las tierras de los pueblos originarios, no les bastó con la destrucción de las comunidades y la explotación de mujeres y hombres de Nuestra América, no les bastó con la migración forzada de miles de africanas y africanos bajo esclavitud. Para dominar y seguir dominando, para acumular y seguir acumulando, tuvieron que profundizar el saqueo, tuvieron que seguir atacándonos.

Es así que, desde nuestras independencias, los de arriba volvieron a atacar nuestros territorios. Por la fuerza, “conquistaron el desierto”, expulsaron a nuestras comunidades campesinas y concentraron la tierra rural para construir economías que pudieran producir lo que el Norte necesitaba. Y los del campo, los gauchos, los pueblos originarios y las campesinas, nos fuimos a las ciudades, perseguidos por las balas y los contratos de propiedad. A esas mismas ciudades donde, cruzando el océano, miles llegábamos buscando un lugar donde vivir dignamente. Mientras la economía crecía, también crecían el hacinamiento y la dificultad de acceder a un pedazo de tierra para trabajar.

Lejos de resolverse, el problema del acceso a la tierra y la vivienda se amplió y consolidó durante el siglo XX, a partir de la migración del campo a la ciudad, de la expulsión constante de comunidades campesinas que no podemos ya seguir viviendo como vivíamos, de la represión que nunca frenó sobre nuestros pueblos originarios y nuestras tierras comunitarias; a partir del hacinamiento en las grandes ciudades, del desarrollo de las villas de emergencia y los asentamientos informales alrededor de aquellas.

A fuerza de expulsarnos del campo y amontonarnos en las ciudades, los de arriba fueron construyendo ese paisaje que ahora vemos: el campo como un gran desierto de cereal y vacas, la ciudad como un gran hormiguero sin lugar para nosotros y nosotras.

El neoliberalismo y la globalización profundizaron los ataques y el saqueo sobre nuestros pueblos. Frente al avance de la lucha de los pueblos que supimos ponernos en pie, los de arriba reaccionaron con dictaduras y democracias que ajustan. Desde entonces, nos atacan directamente sobre los territorios que aun quedan sin conquistar y explotar: contaminan nuestra tierra y nuestros alimentos con el monocultivo; explotan nuestras montañas para la minería a gran escala; nos expulsan de nuestras casas y barrios para el desarrollo inmobiliario; juegan a la taba con lo que queda por medio de la especulación financiera. En el campo y en la ciudad, la violencia de los de arriba se desata para expropiar, despojar y saquear los territorios que habitamos los y las de abajo, los mismos territorios donde vivimos y reproducimos nuestra vida cotidiana desde hace generaciones. Y así, mientras los campesinos y los indígenas somos desplazados para alimentar el negocio extractivista; la villera y la obrera somos desplazadas por la locura y voracidad del negocio inmobiliario.

Así, ayer y hoy, los de arriba nos condenan a ningún lugar, a no tener dónde ser, a no tener raíces, a no tener futuro, a no tener comunidad, a no tener techo, ni vecinos y vecinas, ni educación, ni salud, ni agua, ni alimento… nos condenan a no tener dignidad.

Nuestra América se encuentra nuevamente en el ojo de la tormenta. Hoy como ayer vienen por nuestra tierra, por nuestra cosecha, por el sudor de nuestras vidas. Desde México a las Malvinas, las grandes empresas saquean nuestra tierra, empujan a nuestros pueblos y especulan con nuestros barrios. Secan nuestros ríos, rompen el suelo y desaparecen nuestras montañas.

Hoy mismo en Argentina vivimos principalmente en centros urbanos; el 90% de la población vive en ciudades y pueblos, en donde mandan los dueños de las industrias, los comerciantes y los financistas. Y también hoy mismo, en el campo, reinan los de arriba, porque sólo un 4% concentra más del 63% del total de la tierra productiva agraria.

Hoy los que dominan no son los de arriba locales, sino los de arriba de afuera, son las grandes empresas que saquean nuestra tierra y dominan lo que producimos con nuestro trabajo todos los días. Argentina es una de las principales productoras mundiales de soja transgénica, producción peligrosa por la alta contaminación; casi todo vuela para afuera y es controlada a nivel mundial por tan solo 5 empresas gigantes (Cargil, Monsanto, Bayer, ADM y Sigenta). En la minería y la explotación petrolífera toda la destrucción de bosques, montañas y las vitaminas y minerales de la tierra se hace por concesión a las grandes multinacionales del sector, como son la canadiense Barrick Gold y las brasileras Vale y Petrobras, o la norteamericana Chevron. En los sectores industriales producimos partes de lo que se termina de hacer y vender en otras partes del mundo.

Así, lo que nuestras manos producen y nuestros pies caminan se lo apropian los de arriba, que cada vez son menos y cada vez tienen más, que cada vez nos dejan con menos y se llevan para afuera más.

Frente a esto, vemos cómo los gobiernos provinciales y nacionales se alían con los de arriba, defendiendo los intereses de los dueños del capital financiero concentrado. Aunque nos den discursos que digan lo contrario, nosotros y nosotras vemos, día a día, que los beneficios son para las empresas, las multinacionales y los terratenientes; mientras que para los y las de abajo no hay políticas públicas que solucionen nuestros problemas y sí hay mucha represión y criminalización. Como decía Atahualpa cuando andaba por tierras cordobesas, “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”.

Aquí estamos nosotros y nosotras, que frente al robo, la explotación, el saqueo y la desposesión, desde abajo, desde las vidas cotidianas de nuestro pueblo, nos organizamos para resistir y luchar, para reclamar y recuperar lo que nos pertenece.

Y luchamos mucho y conseguimos mucho; y nos acordamos de todo y nos sabemos grandes. Porque desde las primeras rebeliones de los pueblos originarios contra la colonización, con Tupaj Amaru y Tupaj Katari por el Cono Sur, nos fuimos hasta México a gritar con los zapatistas “Tierra para quien la trabaja”. Y el grito siguió y fue muchos, y estuvimos en las rebeliones de los quilombos cimarrones y en la rebeldía anarquista de nuestra fría Patagonia; e hicimos las montoneras federales y las ligas agrarias, y en las ciudades creamos el movimiento inter-villas en los años ’60 y ’70. También gritamos “reforma agraria” con Artigas, y acompañamos la Revolución Cubana y Nicaragüense, y estuvimos con el Che en la selva. Y ahora andamos con la histórica lucha de los Sin Tierra en Brasil, Paraguay, Bolivia, Perú y Ecuador; mientras vivimos la alegre rebeldía de nuestra Chiapas mexicana; y salimos a nuestras calles en el Argentinazo del 2001, y luchamos por el agua en Bolivia, mientras construíamos el Socialismo del Siglo XXI en Venezuela; y la lucha que damos asusta tanto a los de arriba que sus balas intentan frenarnos, pero Dario Santillan, Maximiliano Kosteki, Cristian Ferreyra y muchos y muchas más nos dicen con su ejemplo que la vida se vive de pie y en lucha.

Desde múltiples y diversas formas organizativas y de lucha nuestro pueblo ha sabido dar batalla a quienes nos han querido alejar de la tierra y de nuestra dignidad. Y de toda esta experiencia nos sabemos muchos y muchas diferentes también, porque somos campesinos, trabajadoras, villeros, obreras, clase media, pueblos originarios. Y sabemos también que la lucha es una sola: el acceso a la tierra para las grandes mayorías del pueblo.

Hemos aprendido que en nuestras manos está la capacidad de dar respuesta a nuestras necesidades, y en la unión de nuestras manos está la posibilidad de construir una sociedad más justa y libre.

Hemos decidido que no podemos esperar que el problema de la tierra sea solucionado por quienes se llenan los bolsillos especulando con ella, los mismos que nos oprimen con sus leyes, su justicia y su policía, los mismos que nos llaman delincuentes sólo por soñar con un pedazo mínimo de tierra donde vivir y producir dignamente.

Las luchas de los pueblos nuestroamericanos a lo largo de su historia buscaron recuperar el control de la tierra. Hoy decidimos encontrarnos y juntarnos desde nuestras experiencias para sumar nuestra fuerza colectiva a esta lucha, la lucha por la tierra y la vivienda, la lucha por los territorios.

Todos juntos, todas unidas, les decimos: ¡Basta! ¡No pasarán! ¡La tierra es nuestra!

Porque no queremos más luchas populares aisladas; porque nuestras manos en las alturas de Jujuy tienen los mismos cayos que las de los compañeros y compañeras que andan por la selva en Chaco; porque nuestras caras curtidas por los vientos en Esquel están igualitas de quemadas que las de los cuarteteros y cuarteteras de Córdoba. Porque nuestras luchas son las mismas, porque somos las y los de abajo en toda la Argentina; hoy nos encontramos para compartir y encarar una sola lucha, un solo grito, un solo puño.

Queremos unificar desde la solidaridad las luchas para aprender de ellas y para trazar un itinerario común, emancipado, a través de la formación, la comunicación y la organización popular.

Para encarar juntas y juntos una nueva hora, la construcción de un nuevo mundo. Basta de ser los incontados, las sin voz. A partir de ahora, le guste a quien le guste, somos parte de la historia, a fuerza de resistencia y lucha, estamos dando nacimiento a una nueva hora, nuestra hora, la hora de la dignidad.

Cumpas, sean bienvenidos y bienvenidas a nuestro primer Encuentro Nacional por la Tierra y la Vivienda.

Contacto:

Gerardo:

3515941498

Facundo:

3534129967

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Publicado el agosto 19, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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